La soledad de un hombre.

10 Jul
Dos desconocidos, un piso vacío, un breve encuentro sexual sin palabras. Un colchón, un sillón, una lámpara sin tulipa, tan desnuda como el alma de estos dos náufragos que se encuentran para follar en un apartamento de París. Aquí y ahora. No hay palabras, no hay historias de un pasado frustrado, no hay futuros perfectos imposibles. No hay biografías. Dos soledades. El sexo se convierte en la verdadera forma de comunicación, la más básica, pero la más real.

 

Algunos se han empeñado en ver en El último tango en París un estudio sobre la sexualidad, o un cursillo intensivo de lo más perverso del kamasutra, pero esta película es mucho más. Es un alegato contra la visión romántica e idealizada del amor, es un profundo análisis de las relaciones de pareja y una crítica a la familia: “esa santa institución, ideada para inculcar la virtud entre salvajes, …donde la libertad es asesinada por el egoísmo.

Más allá de las escenas de sexo desinhibidas, El último tango en París habla de la soledad, del aislamiento, del brutal vacío existencial de un hombre devorado por unos demonios que le acosan tras la muerte de su mujer, con un pasado doloroso, sin presente ni futuro, que pasea su tristeza y angustia por las calles de París, cuya proverbial belleza se revela incluso sombría, cenicienta, mortecina.

El encuentro casual con una joven que también quiere dejar atrás un pasado representado sobre todo por su inocencia, como transición de madurez entre adolescencia y edad adulta, parece que pudiera darles a ambos el futuro que necesitan, entrelazados en una relación enfermiza y destructiva donde aún no se pueden despegar del olor a muerte que invade el ambiente y en el que el sexo sabe a desesperación en uno, a malsano rito iniciático en otro, ambos en una burbuja en la que no existen los nombres, no existe el pasado y no hay comunicación posible como tampoco existe afuera, en una sociedad que agoniza en sus valores artificiales e impostados –como refleja la relación de la chica con su supuesto novio verdadero, pura farsa cinematográfica-, valores carentes de todo sentido, caducos, rancios y decadentes. Solo existe el presente. Y el presente es sexo como movimiento instintivo, como reacción de vida más primaria.

Pero es en la escena en que Marlon Brando se lamenta del suicidio de su mujer la que realmente muestra sus verdaderos sentimientos, es la escena que más me emociona de toda la película:


“ Estás ridícula con ese maquillaje. Pareces la caricatura de una prostituta. Una especie de momia nocturna. De falsa Ofelia ahogada en la bañera.
Me gustaría que pudieras verte, te reirías de verdad. Eres la obra maestra de tu madre.
¡Apestan! demasiadas jodidas flores en esta habitación, no puedo respirar.
Sabes, en la parte de arriba del armario, en la caja de cartón encontré todas tus cosas. Plumas, llaveros, moneda extranjera, diarios franceses, todo. Incluso el alzacuellos de un cura. La verdad es que no sabía que te gustaba coleccionar todas esas cosas. Ni siquiera viviendo doscientos años es capaz un marido de descubrir cómo es verdaderamente su mujer. Quiero decir que, podría comprender lo infinito del universo pero nunca descubriré la verdad sobre ti jamás. ¿Quién demonios eras?
¿Recuerdas aquél día? El primero que estuve aquí. Estaba seguro de que no podría introducirme en tus bragas y te dije… ¿qué es lo que te dije? Ah sí… <<¿quiere usted darme la cuenta? tengo que marcharme…>>
¿Recuerdas?
Anoche, yo apagué todas las luces por tu madre. y hubo un pequeño alboroto. Eran todos tus… tus invitados, así los llamabas. Supongo que me incluías a mí ¿verdad? Sí, supongo que sí. Durante cinco años fui más un invitado que tu marido en esta jodida pensión, con privilegios, eso sí. Y para ayudarme a entenderte me dejaste en herencia a Marcel, el doble de tu marido en un dormitorio igual que el nuestro.
¿Sabes una cosa? No tuve el valor de preguntárselo. No me atreví a preguntarle si el número de veces que lo hacíamos tu y yo era el mismo que lo hacías con él. Nuestro matrimonio no ha sido otra cosa para ti que una madriguera de zorra, y lo único que me has dejado es una navaja de afeitar de treinta y cinco centavos y una bañera llena de agua. Maldita puta barata, así te estés pudriendo en el infierno, eres peor que la más sucia cerda callejera que se pueda encontrar, ¿sabes por qué? porque siempre me has estado mintiendo, y yo te creía. Mintiéndome a conciencia, sabiendo perfectamente que lo hacías. Anda, dime que no me has mentido. ¿No sabes qué contestar a eso? ¿no puedes inventar algo? vamos, dime algo, cualquier cosa, pero sonríe zorra. Anda, dime, dime algo cariñoso, contéstame que lo que pasó es que yo lo interpreté mal. Vamos dímelo, maldita zorra. Maldita y puerca puta embustera. Lo siento. Perdona. Perdona pero es que no puedo… no puedo soportar el ver toda esa suciedad reflejada en tu rostro. Nunca te habías puesto toda esa mierda de maquillaje. Voy a quitarte de la boca esa asquerosa pintura de labios. Rosa… ¿por qué lo has hecho…? Lo siento, pero no sé por qué. Yo también lo haría si supiera cómo, pero no lo sé… no, no lo sé… no lo sé, no lo sé… Tengo que encontrar un sistema…

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